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Papas Fritas

Se marchó un dieciocho de abril.
En realidad, su mente se había ido antes. Concretamente a los años 80, calculamos. La primera vez que la vi en el hospital tenía su camisón reglamentario. Estaba sentada al lado de la cama, en uno de esos sillones insufribles. Al acercarme me apartó de un manotazo, cogió una chancla que tenía cerca y me riñó:– ¡Oye! No vayas para allá… ¡no! ¡Que te ahogas!
Un tiempo después, la sorprendí intentando enhebrar una aguja invisible. De pronto, se le calló al suelo y se puso a buscarla. Me uní a ella en su rastreo y al “encontrarla” se la devolví. Pero me miró con sus ojos de agua y desdeñó mi favor.
En una de sus noches más ajetreadas, atada a una cama con barreras, llamaba a voces a su marido muy preocupada porque se había marchado sin cenar.
– ¡Tengo que hacerle la cena! ¡Quiere huevos fritos! – A mi abuelo le encantaban. Pero se deshacía si además iban acompañados de patatas fritas.
Hoy, años después, el sabor de las patatas fritas de mi abuela, su punto exacto de sal, de aceite… son lo que queda de los escombros del huracán de la memoria.

A mi abuela.

Chesku Jimenez Andrade-Saquete
chesku.jimenez@gmail.com
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