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La Peonza

Para sorpresa y vergüenza del mundo, un mercader rico en avaricia comerciaba con niños y niñas. Solía comprar género en grandes cantidades, normalmente atado a maquinitas y desorientado. Hasta que llegó a sus manos un niño diferente, de ojos despiertos, un cuerpecito culebreando sin parar y unas manos vivas con las que sostenía su mayor tesoro: una peonza de madera.

El mercader lo apresó y lo colocó en el estante más visible de su vergonzosa tienda. “¡Vean a esta criatura, única en el mundo, capaz de hacer girar su peonza una y mil veces!”, repetía.

Una mañana, mientras atendía a unos clientes, el niño enseñó a sus compañeros a girar su peonza. Al ver lo divertido que era apagaron sus maquinitas y empezaron a corretear entre gritos, sin poder resistirse a lo exótico del momento. Todos querían una peonza y se la pedían con insistencia al mercader, que se enfadaba cada vez más.

-¡Quietos!¡Parad! -aullaba desesperado. Pero el alboroto aumentaba y todos parecían enloquecer.

El niño, aprovechando la ocasión, lanzó su peonza al viento y la hizo girar delante del mercader, recitando una canción mitad profecía, mitad hechizo: “Jugar, jugar, jugar…que el mundo sea libre, sólo con jugar…”

Chesku Jimenez Andrade-Saquete
chesku.jimenez@gmail.com
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