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La Negra Tomasa

Se pavoneaba por cada calle que pisaba, contando a sus vecinos sus proezas y sus éxitos. Caminaba de puntillas, alzando su nuca estirada mediante un hilo invisible que lo ataba al cielo de sus vanidades. La gente lo amaba y la ciudad entera quedaba embullada en un silencio respetuoso a su paso.

Cada noche, ya en casa, encogía al cortar su hilo invisible y al quitarse los zapatos, sus ridículos pies besaban el suelo por completo. La negra Tomasa, nada amiga de la mentira, tuvo una idea. Una noche, colocó al mentiroso frente a un espejo. Con un hechizo legendario intercambió al hombre por su reflejo, le hizo beber hasta perder el control y se esfumó al son de sus curvas, dejando al pobre diablo dormido en el suelo.

A la mañana siguiente, salió a duras penas acompañado de su resaca y comprobó que nadie se percataba de su presencia. En una plaza cercana había gente disfrazada y música por todas partes. Todos bebían y bailaban.

Intentó saludar pero todos parecían no verlo.

– ¿Qué me has hecho? ¡Maldita negra! – Ella, que estaba a su lado, le miraba fijamente.

– ¡Devuélveme mi imagen! ¡Te lo ordeno!

– Ya lo hice, compa. Bien sabes que ya lo hice.

Chesku Jimenez Andrade-Saquete
chesku.jimenez@gmail.com
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