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1991
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El Vencejo

¡Celeste tiene unos recuerdos magníficos de su infancia!

Un día de Agosto, Celeste y sus amigas estaban de picnic en la copa de un árbol. Justo en la cima del árbol había una casita para pájaros que las protegía del sol. Éstas quedaron a Celeste fuera de la casa durante una hora. Cuando abrieron la puerta, tenía las alitas abrasadas. Pero nadie le dio importancia porque eran “cosas de niños”.

Cuando el cole organizaba excursiones en ala delta, a Celeste le encantaba ir sentada sola o con la profesora porque era divertidísimo, como todas las “cosas de niños”.

En el recreo, mientras todos jugaban al pilla-pilla, al escondite o a escalar la montaña del patio sin usar las alas, Celeste se sentaba sola a mirar desde el tejado del cole porque le parecía divertidísimo, como todas las “cosas de niños”.

Cuando escuchaba el piar de sus amigas alrededor de su nido, Celeste sonreía porque le encantaba que tan sólo se acordaran de ella para pedirle los deberes. Era divertidísimo, como todas las “cosas de niños”.

En invierno, cuando era pequeñita, alguien publicó en el colegio la hoja del diario personal de Celeste en la que estaba escrito el nombre del vencejo que le gustaba. Como eran “cosas de niños”, todos se rieron de la broma.

Pero Celeste se fue convirtiendo poco a poco en azul oscuro, hasta que un día cerró sus alas y se perdió entre las tinieblas.

Y cuando los adultos notaron su ausencia, entendieron que no eran “cosas de niños”, sino de valores.

Isabel Dávila Sánchez
isabel.dasa92@gmail.com
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